COLILLAS

          Ahora estoy sentado en un parque cercano a tu casa. El mismo donde nuestros hijos jugaban a desaparecer en ese gigantesco castillo de madera con toboganes imposibles. Cuando eran engullidos por él, a escondidas, aprovechábamos para besarnos.

    Me da la sensación de que ahora, sentado aquí, te tengo a mi lado. Incluso siento que puedo notar el olor de tu pelo. Giro la mirada pero no te encuentro. Por un momento había olvidado que ya no estás. Puede parecer absurdo, pero últimamente me ocurre a menudo.

    En tu lugar hay una mujer con la nariz pegada a su teléfono móvil. A unos pocos metros de ella, una niña de unos cinco años juega y recoge cosas del suelo que introduce cuidadosamente en una lata de cerveza vacía. De improviso, se acerca a la mujer y le dice orgullosa; “Mira, mamá; ¡colillas!”. Pero la madre ni siquiera la ha oído. Ella sigue a lo suyo. La niña lo repite varias veces, pero la madre continua absorta, hipnotizada delante de la pantalla, sonriendo y dando golpecitos con el dedo en la pantalla. Finalmente, la cría se aleja resignada y continua a lo suyo.

Ahora soy una colilla. Quiero que la niña me recoja. Pero ella no me ve. De pronto sopla una suave brisa y me voy deshaciendo hasta desaparecer. Nadie se da cuenta de ello.

De repente te echo más de menos que nunca.



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