EL PARAÍSO PERDIDO

De repente sobrevienen los recuerdos. Estamos en tu terraza, sentados en aquellas sillas de plástico blancas que nunca sabré de dónde salieron. Contemplamos el cielo, los edificios y las copas de los árboles que van cambiando el color de sus hojas así como pasan las estaciones. Los mismos que han sido testigos mil veces de nuestras conversaciones que pretendían arreglar un poco este destartalado mundo. La mujer que cuida de la anciana vecina de al lado cierra las cristaleras para no escuchar nuestras ensoñaciones. El olor a curri procedente del indio al otro lado de la calle invade el ambiente, junto con el sonido del tráfico que va menguando conforme pasan las horas. Las verdes se van vaciando casi sin darnos cuenta. Ellas son como un metrónomo improvisado que marca el paso del tiempo. Los minutos se escabullen demasiado rápido. Entre carícias, besos y palabras dulces nos fundimos en lo que se me antoja algo parecido al paraíso. De repente me apetece subirme al alféizar donde tu abuelo se subía años atrás (solo Dios sabe para qué) y gritar al cielo tu nombre...

Pero no lo hago.

Desde aquí me siento capaz de conseguir cualquier cosa.

Qué sencillo es a veces ser feliz. Y sin embargo ahora pretendo no pensar en que aquello fue el mejor momento de nuestras vidas.



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