Un cuento de frío y llamas

Lo primero que ella sintió al nacer, fue el metálico y gélido abrazo de los fórceps. Pocos meses después del parto, su padre desapareció, y su madre quedó sumida en una profunda tristeza. Desde entonces nunca volvió a ser capaz de volver a mirar a los ojos a su hija. La niña se vio envuelta en un halo de tristeza, culpa y soledad que la acompañarían durante gran parte de su vida. Su tez era pálida y bella como la luna llena en una noche invernal. Su aliento como la escarcha y su mirada fría como el granizo. Las escasas palabras que emitía eran carámbanos que atravesaban el alma e inquietaban a quienes la rodeaban. Pasaron los años, y solo encontró cierto consuelo trabajando en una clínica de cuidados paliativos. No sabía muy bien por qué, pero acompañando a los enfermos hacia lo inevitable, lograba sentir algo de serenidad. A pesar de ello, su corazón seguía helado. ...