CUANDO AÚN NO HE CAÍDO.
Llevo tantas noches sin pegar ojo que ya no distingo la vigila del sueño. No sé que hora es. Pero, de repente, me doy cuenta de que en mi habitación hay dos tipos sonrientes que me observan de manera atenta.
"Aún no eres consciente de lo que ha ocurrido", me suelta el bajito de bigote rubio. Yo me siento algo aturdido, desorientado... así que me quedo callado unos instantes. Sin embargo esos dos tipos están espando que diga algo. Al cabo de un rato abro la boca y dejo que salga lo primero que se me pasa por la cabeza:
"Yo soy... soy... Un romántico!"
Menuda estupidez. ¿Por qué habré dicho eso?
"Ayúdale, anda", suelta el rubito, y le da un suave codazo a su gordo colega de pantalones a rayas.
Sin dejar de sonreir, el susodicho me agarra del cuello y me eleva como si fuera un simple trapo húmedo. Luego extiende el otro brazo, abre la palma de su enorme mano y, sin apenas esuerzo, me sacude una torta que me lanza por la ventana.
De repente me encuentro volando alto, muy alto. Veo las calles abajo, atestadas de coches. Todos son blancos como el suyo. Y todos los conductores son Ella.
Quiero saludarla, quiero que repare en mí para que, de alguna manera, corra desesperada a mis brazos pidiendo perdón y deseando volver a mi lado. Pero ninguna de Ellas me ve. Soy invisible. Puede que incluso tan solo me ignoren.
Aún vuelo. No he tocado todavía el suelo. Sé que en algún momento lo haré, pero aún es pronto para ello.
La cuestión es que nunca me había sentido tan solo como ahora mismo.
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