NO HAY DOS LUNAS.
Un día, cuando me subí al tobogán de la vida, sentí la necesidad de decirte algo.
- Me vuelven locos tus ojos de serpiente-
- Las serpientes son malas-contestaste tú.
- También las hay buenas. En tus ojos veo reflejadas dos lunas.
Y ahora quisiera subir, subir, y subir... si puedo, claro - expliqué.
Luego, no se muy bien porqué, añadí: "Perdón, perdón, perdón".
- No pidas tantos perdones - me ordenaste fríamente-
Y tú sube cuanto quieras. Aquí estoy. Pero déjate de romanticismos.
- Por supuesto. Perdón.
Empezamos a ascender, juntos. Quiero pensar que fue juntos.
Aunque también puede que me equivoque, quién sabe.
Pero a mí me sigue gustando pensar que subimos juntos.
Subimos y subimos muy alto.
Tanto que, al mirar abajo, sentí miedo de caer.
- ¡Oye! - dije temblando - Aquí se está un poquito alto.
- No te preocupes, estoy a tu lado.
-¿Seguro?
-Seguro. Antes serás tú quien me deje caer.
- Yo nunca haría eso.
- Decir "nunca" significa mucho tiempo.
- Siempre dices lo mismo.
-"Siempre" también es mucho tiempo.
Mientras tanto seguíamos subiendo, cogidos de la mano.
Muy cerca el uno del otro.
Las lunas de tus ojos seguían silenciosas y aún muy distantes.
Daban la sensación de que nunca llegaríamos a ellas.
Pero al mirar abajo contemplé las montañas verdes,
las pequeñas casuchas, agrupadas como pequeños bultitos que dan ganas de rascar.
Y ví los árboles, majestuosos, verdes y solemnes.
No sé muy bien el por qué, pero me dieron ganas de beber sidra contigo.
Cuando volví la mirada hacia tí, tú ya no estabas.
Y entonces, caí al vacío.
Creo que aún no he llegado al suelo.
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