SOLEDAD
Con el corazón deshecho y la garganta apretujada. Con el pecho prensado por una mano invisible. Así me arrastro por este desierto polvoriento y baldío.
Tan solo nos dimos compañía un tiempo sin que quisieras ahondar en mí. Solo fuimos como dos desconocidos que compartían breves - muy breves- instantes de tiempo en un espacio íntimo. Y poca cosa más.
En el fondo no nos conocíamos en absoluto. Pero a pesar de ello decidimos unir temporalmente nuestras vidas. Quizás para obtener seguridad. Quizás para sentirte amparada y pretender ser comprendida. O quizás simplemente para evitar la sensación opresiva de la soledad. No lo sé.
Pero sé que solo fuimos dos desconocidos, y como tales, acabamos sorprendiéndonos el uno al otro, cuando nuestras ideas no correspondieron con la realidad.
No quise ver la distancia que construíste entre los dos. Tampoco quise darle excesiva importancia al poco tiempo que me dedicaste, a tu falta de interés ante mis inquietudes, ni siquiera a tu ausencia de perspectiva e ilusiones ante la posibilidad de construir un futuro juntos. Pero, ante todas esas cosas, no fui consciente de lo peor de todo; tu silencio. Ese silencio e inexpresividad que tantas veces me inquietaron y a los que no supe ni pude hacer frente.
Ahora, paseando solo por este desierto inhóspito, me acuerdo de Sabina:
"Y algunas veces suelo recostar mi cabeza en el hombro de la luna. Y le hablo de esa amante inoportuna que se llama Soledad".
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