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SOMBRAS

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  Bajé la mirada y la vi ahí, pegada a mis pies, tan perseverante e impertinente como siempre. Como una caricatura exagerada de mí mismo. Larga y oscura como las noches de insomnio. Al principio corrí para escapar de ella. Me perseguía a grandes zancadas. La odié por ello. Quería alejarme, que me dejara en paz. Pero no logré que se despegara de mis pies. Desesperado, le lancé la botella que estalló en mil cristales contra su silueta. Pero ella seguía allí, inmutable. Me detuve bajo una farola que alumbraba de forma tímida aquella extraña noche sin estrellas. En aquel callejón oscuro y sórdido, ahora la sombra parecía más grande que nunca. El viento sopló y una lata tintineó en algún lugar. Por un instante, me pareció oír reír a alguien. Aquello me hizo estremecer. Sin darme cuenta, me encontré de rodillas. Con los ojos llenos de lágrimas que cayeron al suelo. Con las palmas de las manos, luego con los puños, intenté limpiar la sombra. Frenético, deseaba hacerla desaparecer, borrarl...

La memoria del señor Franz Munin

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  El señor Munin no pasaba por un buen momento. Su esposa le había abandonado hacía casi nueve meses. Fue así, de repente. Un día hizo las maletas, y salió por la puerta de casa. Nunca más volvió a saber de ella. Y a pesar de que él era un renombrado neurólogo, un científico cognitivo de prestigio, y lo que se dice una persona con la cabeza bien amueblada, el golpe lo derrumbó. De la manera más inesperada se encontró en una situación insoportable que no sabía cómo gestionar. Y aquello le consumió hasta lo más hondo de su alma. Dejó de comer. Bebía demasiado. No dormía por las noches y se despertaba de madrugada, con la imagen de Ella más vívida que nunca. Veía sus ojos de color de miel, su pelo largo y castaño, sus hermosas pecas… Sudaba y temblaba al sentir la cama enorme y vacía sin ella. Y ya no volvía a conciliar el sueño. Aquello le estaba matando. El principal problema eran los recuerdos. Esa fue su conclusión después de un día realmente malo. Todo, absolutamente todo, le evo...

Paseando por El Camino

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  Me despierto más o menos como lo hago siempre. Con una gigantesca bola de nieve que estalla en mi pecho, helándome hasta el tuétano. Buenos días. Pasados unos segundos eternos, consigo llenar de aire mis pulmones. Me incorporo y tomo conciencia de donde estoy. Es mi camino y acabo de nacer. Una vez más. Es el sendero de siempre. No lo elegí yo, me fue dado un día. Un día que no recuerdo. Pero es mi camino. Y ahora me toca recorrerlo, quiera o no. De hecho, llevo tiempo haciéndolo. Pero tampoco recuerdo desde cuando. El camino serpentea rodeado por viejos árboles caídos y por ramas grotescas que aguantarían el peso de mi cuerpo inerte… Lo pienso… pero aparto ese pensamiento de mi cabeza. Así que bajo la mirada; El suelo está mojado y el aire huele a eucaliptus. Por las noches, siento como si el camino fueran los intestinos de un gigante, retorciéndose de forma viscosa, cambiando, mutando… Muchas veces ignoro que todo esto lleve a algún sitio, y entonces me detengo para sentarme en...

Vergüenza y culpabilidad

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  La vergüenza surgió por haberme dado de bruces con una realidad diferente a la que me esperaba. Me llené de falsas expectativas que no se cumplieron. Aposté por algo dando lo más íntimo de mí mismo. Formulé suposiciones, confié, di todo lo mejor que tenía… pero el golpe me pilló desprevenido. La vergüenza viene por haber visto que no me conozco lo suficiente. Por creer que soy de una manera, pero que hay aspectos en mi personalidad que aún ignoro. Por haber confiado ciegamente en ella, por haberme vendido muy barato. Por haber bajado la cabeza frente a cosas que me dolían, que me humillaban… y todo por miedo a perderla. Lo peor de la vergüenza es la pérdida de confianza en el mundo y la bajada de autoestima personal. De repente, descubro que soy débil y vulnerable. Que han conseguido engañarme. Y por ello, levanto ahora un frío muro que pretendo que sea infranqueable. Para protegerme. Para evitar más daño, más vergüenza. También hay culpa. La siento por tener la sensación de habe...

La Pérdida de Identidad

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  Un día recibí una llamada. Era alguien preguntando por un tal Antonio. Por la voz me pareció una señora bastante mayor. Le dije que allí no había nadie con ese nombre. Sin embargo, ella insistió; “¿Seguro que no eres Antonio?”. Lo preguntó con tanta seguridad que, por un instante, consiguió hacerme dudar. “No, señora” Le dije, “Se ha equivocado. Lo siento”. Y colgué. Aquello fue el principio. Pocos días después me pararon por la calle. Era una pareja que no había visto en mi vida. Uno de ellos me puso la mano en el hombro y me preguntó que si ya había solucionado el tema de la plaza del aparcamiento. Lo dijo muy cerca de mí, mirándome a los ojos. La otra sonreía esperando una respuesta. Yo no conseguí hacer nada más que quedarme callado. “Me han dicho que hay una libre”, aclaró él. De repente recobré el sentido y le expliqué que probablemente me estaba confundiendo con otra persona. “¿No eres José Luis? ¿Estás seguro?”. Y de nuevo dudé. Sacudí la cabeza en señal negativa. “Debo d...

Siluetas de papel

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  Las relaciones de pareja son cada vez más frágiles y quebradizas. Caen y se rompen con mayor facilidad. Y es que nunca nada ha sido eterno, eso está claro. Una relación amorosa exitosa requiere tiempo y dedicación. Pero ahora esto se concibe como algo casposo y viejuno. Como algo pasado de moda. Quizás se deba al tipo de sociedad en la que vivimos, marcada por la moda y la cultura de lo efímero, instantáneo, rápido e intrascendente. Donde se exhibe una enorme cantidad de oferta frente a la justa demanda. Una sociedad marcada por el mercadillo virtual de caras y cuerpos donde con un simple toque de dedo (a derecha o a izquierda) se elige quien podrá ser el amor de tu vida o la persona que te rompa el corazón, la futura madre de tus hijos o el polvo de una noche. En cualquier caso, al empezar una relación, siempre se coincide con ese placentero éxtasis inicial. Un comienzo plagado de energía e ilusiones. Un subidón de adrenalina, una pisada a fondo del acelerador. La sensación de q...

Sobre el miedo, la cobardía y la soledad

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  Sobre el miedo, la cobardía y la soledad. Todo tenemos miedo a algo. En mi caso, el miedo hace referencia a la soledad. Y es curioso que sea así cuando he pasado la mayor parte de mi infancia solo. Pasaba las tardes de verano tumbado en la terraza de mi casa mientras los demás niños jugaban en la calle. Quizás debería estar acostumbrado a la soledad... O puede que precisamente sea por ello que ahora, ya adulto, me pese tanto. El último mensaje que recibí de Ella estaba plagado de la palabra “miedo”. Miedo de nuestras “mochilas” (una referencia fría y vaga a nuestros hijos), miedo a comprometerse, miedo de que yo le pudiese hacer daño como le hicieron sus anteriores parejas, miedo a perder su libertad, miedo de mis defectos… en definitiva; miedo a arriesgar. La verdad era que disfrutábamos viendo a nuestros hijos durmiendo juntos en la misma habitación. Nos emocionaba contemplarles tan unidos. Más tarde, ella y yo nos sentábamos en su terraza y hablábamos hasta altas horas de...