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Vergüenza y culpabilidad

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  La vergüenza surgió por haberme dado de bruces con una realidad diferente a la que me esperaba. Me llené de falsas expectativas que no se cumplieron. Aposté por algo dando lo más íntimo de mí mismo. Formulé suposiciones, confié, di todo lo mejor que tenía… pero el golpe me pilló desprevenido. La vergüenza viene por haber visto que no me conozco lo suficiente. Por creer que soy de una manera, pero que hay aspectos en mi personalidad que aún ignoro. Por haber confiado ciegamente en ella, por haberme vendido muy barato. Por haber bajado la cabeza frente a cosas que me dolían, que me humillaban… y todo por miedo a perderla. Lo peor de la vergüenza es la pérdida de confianza en el mundo y la bajada de autoestima personal. De repente, descubro que soy débil y vulnerable. Que han conseguido engañarme. Y por ello, levanto ahora un frío muro que pretendo que sea infranqueable. Para protegerme. Para evitar más daño, más vergüenza. También hay culpa. La siento por tener la sensación de habe...

La Pérdida de Identidad

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  Un día recibí una llamada. Era alguien preguntando por un tal Antonio. Por la voz me pareció una señora bastante mayor. Le dije que allí no había nadie con ese nombre. Sin embargo, ella insistió; “¿Seguro que no eres Antonio?”. Lo preguntó con tanta seguridad que, por un instante, consiguió hacerme dudar. “No, señora” Le dije, “Se ha equivocado. Lo siento”. Y colgué. Aquello fue el principio. Pocos días después me pararon por la calle. Era una pareja que no había visto en mi vida. Uno de ellos me puso la mano en el hombro y me preguntó que si ya había solucionado el tema de la plaza del aparcamiento. Lo dijo muy cerca de mí, mirándome a los ojos. La otra sonreía esperando una respuesta. Yo no conseguí hacer nada más que quedarme callado. “Me han dicho que hay una libre”, aclaró él. De repente recobré el sentido y le expliqué que probablemente me estaba confundiendo con otra persona. “¿No eres José Luis? ¿Estás seguro?”. Y de nuevo dudé. Sacudí la cabeza en señal negativa. “Debo d...

Siluetas de papel

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  Las relaciones de pareja son cada vez más frágiles y quebradizas. Caen y se rompen con mayor facilidad. Y es que nunca nada ha sido eterno, eso está claro. Una relación amorosa exitosa requiere tiempo y dedicación. Pero ahora esto se concibe como algo casposo y viejuno. Como algo pasado de moda. Quizás se deba al tipo de sociedad en la que vivimos, marcada por la moda y la cultura de lo efímero, instantáneo, rápido e intrascendente. Donde se exhibe una enorme cantidad de oferta frente a la justa demanda. Una sociedad marcada por el mercadillo virtual de caras y cuerpos donde con un simple toque de dedo (a derecha o a izquierda) se elige quien podrá ser el amor de tu vida o la persona que te rompa el corazón, la futura madre de tus hijos o el polvo de una noche. En cualquier caso, al empezar una relación, siempre se coincide con ese placentero éxtasis inicial. Un comienzo plagado de energía e ilusiones. Un subidón de adrenalina, una pisada a fondo del acelerador. La sensación de q...

Sobre el miedo, la cobardía y la soledad

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  Sobre el miedo, la cobardía y la soledad. Todo tenemos miedo a algo. En mi caso, el miedo hace referencia a la soledad. Y es curioso que sea así cuando he pasado la mayor parte de mi infancia solo. Pasaba las tardes de verano tumbado en la terraza de mi casa mientras los demás niños jugaban en la calle. Quizás debería estar acostumbrado a la soledad... O puede que precisamente sea por ello que ahora, ya adulto, me pese tanto. El último mensaje que recibí de Ella estaba plagado de la palabra “miedo”. Miedo de nuestras “mochilas” (una referencia fría y vaga a nuestros hijos), miedo a comprometerse, miedo de que yo le pudiese hacer daño como le hicieron sus anteriores parejas, miedo a perder su libertad, miedo de mis defectos… en definitiva; miedo a arriesgar. La verdad era que disfrutábamos viendo a nuestros hijos durmiendo juntos en la misma habitación. Nos emocionaba contemplarles tan unidos. Más tarde, ella y yo nos sentábamos en su terraza y hablábamos hasta altas horas de...

Recomponiendo la dignidad

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 P or mucho que lo discuto conmigo mismo, sigo convencido de que te quería de verdad. Por mucho que lo intente, no consigo convencerme de lo contrario. De hecho, aún no te he olvidado. Por más que lo intente, no lo he logrado. Ojalá pudiera sacar tu imagen de mi destartalada cabeza. Dejar de pensar en ti a todas horas, o recordarte solo de vez en cuando sin echarme a temblar. Sin sentir ese frío vacío en el pecho cuando te imagino con alguien que no sea yo… Y delante de mí aparecen nuevas personas. Son figuras de papel que se me acercan. Y me observan. Pero yo no soy capaz de aguantar una mirada a los ojos, porque tengo el alma hecha jirones, porque aún intento recoger del suelo los pedazos de mi dignidad. Me mantuve callado demasiado tiempo, me hice el tonto para no perderte, acepté tu indiferencia para no quedarme más solo aún. Siento que mi cabeza, desde entonces, ya no es lo que era. Algo se ha roto porque ahora no consigo pensar con claridad. Y hago estupideces. Cometo errores...

Tropezar con la misma piedra

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  E stá claro que aún no estoy preparado. Me sigo traicionando a mí mismo. No escucho esa voz interior que me invita a tomarme las cosas con calma. A respetarlas. Solo escucho aquel otro soliloquio que me insta a correr, a precipitarme. Y las prisas nunca son buenas consejeras. Fuerzo las cosas, me apresuro y acabo excediéndome, haciendo de más. Quizás porque aún no me he dado el tiempo suficiente. Quizás porque intento huir del dolor y del sufrimiento en lugar de asimilarlo. Qué difícil es respetar la realidad, aceptarla cuando no es de tu agrado. Respirar hondo y pensar: “Esto es lo que hay. Ya pasará algún día” Qué complicado. Me asombra la vida, lo traviesa que puede llegar a ser. Siempre se las ingenia para ponerte delante la situación que menos te esperas. Aquella que no habías previsto, justo la que más te cuesta gestionar. Aquella que te recuerda tus debilidades. La misma que te pone a prueba para que te des cuenta de que aún no has aprendido lo suficiente. La misma que te ...

Románticos incomprendidos

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  Más allá de Espronceda, de Bécquer o de Goethe, y lejos de contextualizarlo en una época de literatura tan prolífica pero ya pasada… ¿Qué significa hoy en día ser un romántico? En muchas de las ocasiones en las que estuvimos juntos, Ella sentenciaba que “yo era un romántico”. Luego sonreía de manera triste, bajaba la mirada y le daba un sorbo evasivo a su cerveza. Sé que en el fondo sentía cierto agrado y gozo. Sospecho que algo de aquello la complacía. Pero también había reproche en sus palabras. Incomodidad por no sentir lo mismo. Y yo, el romántico empedernido, no podía evitar preguntarme; “¿qué narices hay de malo en el hecho de serlo?”. Nos guste o no, la incomprensión también alberga algo de romántico… En cualquier caso, estaba claro que Ella no era así. No era una romántica. Pero a mí eso, en aquellos momentos, me daba completamente igual. Así de cegado estaba… Pero eso es otro tema… En fin, cada uno es como es. Sin embargo, al escucharla, no podía evitar recordar los últi...