¿Dónde está el interruptor?

Aprendemos más del dolor que de la felicidad. Eso es algo que nadie nos puede quitar. Sin embargo, es difícil darse cuenta de algo así. Cuando se sufre tanto, es como si alguien apagara las luces y nos dejara totalmente a oscuras. Entonces buscamos a tientas el interruptor, pero inevitablemente rompemos unos cuantos jarrones y algunos muebles en el proceso. Durante ese momento en que estamos ciegos, a menudo tenemos miedo. No sabemos dónde ni cuándo estamos. Pero, sobre todo, nos encontramos solos. Quizás esa sea la primera y más dura batalla que hay que librar; aprender a estar solo. No es fácil. Al menos no lo ha sido para mí. Habrá quien lo tenga más fácil. Pero en mi caso sentía que la oscuridad de la que hablo se metía dentro de mí, me helaba hasta el tuétano. Incapacitándome. Ahogándome. Me pasaba horas dando vueltas por mi habitación, de un lado al otro, como si fuese un animal enjaulado. Luego me detenía delante de la ventana y me quedaba inmóvi...